Una extraña mañana

***

UNA EXTRAÑA MAÑANA

Era invierno, de eso estoy segura porque el frío era cortante y la nieve no dejaba de caer sobre las repisas de las ventanas. Me acababa de despertar el tintineo del quitamiedos con estrellitas de nácar que teníamos en la ventana al danzar con el incesante viento que hacía correr a las grises nubes que auguraban un duro invierno. Llevaba unos meses en aquella ciudad sombría y gris que tan poco me gustaba pero que tan bien nos estaba tratando a mi marido y a mí. Habíamos llegado hacía sólo unos tres meses y la misma semana de acomodarnos en el apartamento le llamaron los representantes de uno de los hombres más ricos de Europa: el Señor Don Juan Uriarte, dueño de varias empresas, garajes, ranchos en el extranjero… Le informaron de que dicho señor deseaba tenerle como ejecutivo jurídico, que fuese su abogado y asesor y le administrase los negocios que tenía en Vitoria en sus largas y frecuentes ausencias. En menos de un mes, yo ya estaba trabajando en un instituto politécnico de jesuitas subvencionado por la Caja Vital – la caja de ahorros –  donde se impartían clases de secundaria, bachillerato y ciclos formativos. Mi labor sería sustituir a Mila, la antigua profesora de inglés que estaría en Londres durante tres años para pulir y mejorar sus dotes lingüísticas sajonas…

Vitoria, a pesar de su pequeño tamaño, seguía siendo todo un misterio para mí, sólo conocía la calle donde estaba nuestro apartamento, el camino al instituto, al edificio de oficinas donde trabajaba Rubén y al supermercado. Recuerdo que los primeros días no salía de casa por miedo a perderme, esperaba a Rubén y, era entonces, cuando salíamos a dar un paseo con el pequeño David. Con el tiempo, conocí a algunos vecinos y fui haciendo amistades pero, aún así, seguía esperando a mi marido para salir, era como si me asustase la idea de ir a cualquier lugar de aquella ciudad sin él.

Me levanté de la cama sigilosamente y fui al dormitorio de David que aún dormía en su cuna, destapado como siempre, con el chupete puesto del revés y una piernecita colgando por fuera de los barrotes laterales. Apagué la lámpara, en forma de Luna llena con un Sol dentro, que seguía otorgándole una tenue luz a la estancia iluminada ahora por los escasos y débiles rayos del sol de aquella fría e invernal mañana del mes de enero. Fui a la cocina a preparar los desayunos, había sobrado café de la noche anterior que tuvimos visita de unos compañeros de trabajo de Rubén pero preferí tirarlo y hacerlo nuevo. El desayuno de David era más sencillo, calentarle el biberón con un poco de leche en el microondas, echar una cucharadita de cacao y agitarlo. Los nuestros eran “desayunos de reyes”, como solían llamarlos mis padres. Antes del café, tomábamos un zumo de naranja y unos huevos revueltos con jamón cocido. Acompañando el café, unas tostadas con mantequilla y mermelada y, a veces, si nos daba tiempo, unos cereales o galletas. Tratábamos de alargar la hora del desayuno lo máximo posible pues, no coincidiríamos hasta la noche.

David fue el primero en dar señales de vida, se le escuchaba juguetear con el chupete y los barrotes de la cuna, era su modo de indicar que estaba despierto. Le saqué de la cuna, le cambié el pañal y le vestí. Tomándolo en brazos, lo llevé a la sala donde su biberón esperaba sobre la mesa de roble que yo misma había tallado con la ayuda de mi marido hacía ya tres veranos. En cuanto David vio su desayuno, todo dejó de existir, ya no quería el chupete, sólo su botellita con la tetina y su contenido. Se lo acerqué y acabaron los llantos que hacía cinco minutos habían indicado su necesidad de alimento. Una sonrisa iluminó su rostro y, acto seguido, comenzó a beber. Durante un tiempo no muy largo no se escuchó nada que no fuese la respiración de mi hijo mientras bebía a toda prisa y en menos de dos minutos, había terminado.

Lo dejé gateando en la alfombra persa, que en un tiempo fue roja y ahora parecía casi anaranjada debido al desgaste y al paso de los años. Mi madre la había heredado de mi abuela pero, como a ella le parecía horrible y yo sentía predilección por ella, me la regaló antes de mudarme con mi marido y mi hijo a Vitoria. Aquella alfombra tenía un olor peculiar, no desagradable pero sí diferente, único… Recordaba a la hierbabuena pero era aún más intenso. Había días que me olía más a vainilla y otros a canela. Era como si cada centímetro de la alfombra desprendiese un aroma diferente. A David le gustaba mucho jugar sobre ella y, a las noches, mientras Rubén y yo veíamos la televisión o trabajábamos con nuestros papeles, se quedaba dormido hecho un ovillo junto a la canastilla de Merlín, nuestro gato. Esa alfombra perteneció a mi abuela y antes, a su madre, que la heredó de la suya, era una herencia familiar. Se remontaba a tantas generaciones que mi madre nunca supo decirme con exactitud quién de nuestro clan irlandés la compró.

Yo soy la última de ese clan, la última que llevó el apellido de la familia y la última con un nombre que arrastraba una interesante historia tras él… A mi hijo quise ponerle también un nombre de origen irlandés pero, mi marido me pidió que el nombre fuese David, en memoria de su mejor amigo, fallecido hacía años víctima de una grave enfermedad ocular. Mis padres parecieron felices ante aquella decisión, murmuraron algo como “bastantes desgracias trajeron esos nombres”, comentario que nunca comprendí, siendo mi padre escocés y mi madre irlandesa.

Como iba diciendo, aquella mañana se presentaba como todas las demás: trabajo hasta las once, que teníamos los quince minutos de descanso que nos proporcionaba el recreo de los alumnos a los profesores, el café en la cafetería de la plaza San Antón, junto al instituto – íbamos aquellos a los que no nos tocaba hacer la guardia en el patio para que no hubiese peleas-, más clases, la comida en el comedor del instituto, de nuevo más clases, la reunión diaria para evaluar cómo iba el nivel de aprendizaje de los alumnos en cada asignatura y, por fin, cerca ya de las ocho y media – las nueve a veces -, volvía a mi casa, buscando la paz y el calor que sólo mi familia era capaz de otorgarme.

Rubén comenzaba a vestirse, lo supe por el chirriante ruido de la puerta izquierda de su armario, esa a la que le iba a poner un poco de aceite “mañana sin falta” pero, que tras dos meses, seguía igual. Al momento le escuché dirigirse al servicio a peinarse, lavarse y echarse su colonia preferida: CK One con unas gotas de esencia de Musk. Cuando apareció en el arco de la entrada al comedor, parecía un actor de esos que las quinceañeras veneran y coleccionan fotos de recortes de revistas y las mujeres desean tener a su lado por el resto de sus días. Había recogido su ondulada y suave melena de color castaño oscuro en una coleta y llevaba puestas las gafas para leer los titulares del periódico del día anterior. Tenía un aire de joven intelectual, mi filósofo, mi niño prodigio. Estaba simplemente deslumbrante con aquella camisa blanca de corte italiano que tanto me gustaba, la que le regalé el verano anterior en nuestro viaje a Venecia y que seguía haciéndole aún más atractivo a mis ojos y a los de muchas otras mujeres, me arriesgaría a añadir. Se había puesto una corbata azul marina con diminutas anclas doradas bordadas y unos pantalones de pinza negros y recuerdo que sus calcetines blancos destacaban con los negros y relucientes zapatos. Completó el traje con la chaqueta de Versase que le compré por Navidad, tomó su maletín de cuero negro, en el que llevaba su portátil y los papeles que necesitaría ese día en la empresa y me saludó con una sonrisa cautivadora que le hizo parecer un muchacho pícaro con la mente llena de travesuras para efectuar en cuanto tuviese la primera oportunidad. Sus ojos marrones brillaron al besarme en los labios y sentarse a la mesa a desayunar.

——————

Sonia Rincón | Blog “El Árbol” / Blog “Neverland” / Foro Auryn

Anuncios

Acerca de PitBox

https://pitbox.wordpress.com/
Esta entrada fue publicada en Literatura y lenguaje y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Una extraña mañana

  1. PitBox dijo:

    Cuando quieras puedes seguir escribiendo, aquí siempre pondremos tus relatos para que la gente se vaya entreteniendo un poco. Gracias por estos aportes, Sonia.

    Me encantan tus fragmentos!!! 🙂

  2. Sonia dijo:

    Hace siglos que escribí esto… Dios mío… pues igual cinco años tranquilamente…

    Me acuerdo que lo que narraba era la vida con mi marido sólo que para que fuese “ficción”, cambié los roles. El marido de la protagonista era un amigo mío y el señor con el que se encuentra en otro capítulo y del que se hace muy amiga era mi ex marido xDD

    Debería continuarla… O quizá la empiece desde cero a finales de noviembre…

    Gracias por hacerme desempolvar este escrito del baúl de los recuerdos.

Envía un comentario. ¡Necesitamos tu opinión!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s